
Al hablar de la sombra, me refiero exactamente al mismo término que usó Jung: esa parte de nosotros de la que no somos conscientes. Traumas, heridas, rasgos de personalidad que no queremos ver y que nos gustaría esconder de nosotros mismos y de los demás; esas emociones, impulsos y características que no encajan con la forma de ser que hemos construido y creído de manera consciente.
¿Por qué tenemos una sombra? Porque necesitamos construir una identidad que se adapte a los parámetros sociales en los que nacimos, a la cultura y a las creencias en las que nos desarrollamos contextualmente. En la medida en la que vamos creciendo, vamos reprimiendo impulsos, deseos, pensamientos y comportamientos que no son permitidos en estos contextos, todo con el fin de mantener los vínculos, pues son necesarios para nuestra supervivencia. Y es eso: reprimir, más no suprimir.
Todo queda en un segundo plano desde el cual opera, pero del cual no somos conscientes. Esto se refleja en reacciones automáticas, contradicciones, patrones, defensas y en la proyección de nuestras inseguridades y molestias en los otros, en el mundo externo.
Aquí una aclaración: la sombra no es solo el contenido negativo reprimido, no es solo eso que no queremos reconocer públicamente, sino también aquello que se hace luz cuando sale a la superficie: deseo, creatividad, ambición, bondad y amor.
Y si todos tenemos una sombra que me hace actuar, muchas veces, de manera inconsciente, ¿cómo hago para hacerla consciente? Parte del proceso de crecimiento espiritual y del desarrollo personal es el reconocimiento de la sombra como parte de ese autoconocimiento que parece necesario en algún punto de la vida, cuando ese contenido inconsciente empieza a generar algún tipo de conflicto: prejuicios hacia los demás y hacia mí mismo, evitar emociones que me parecen desagradables (tristeza, rabia, envidia, vergüenza), patrones de comportamiento que no logramos modificar o incoherencia entre lo que pensamos, sentimos y hacemos. La idealización del otro, de la vida y de las situaciones… allí, en todos estos aspectos, se ve reflejada la sombra; solo necesitamos ojo clínico para empezar a verla con más intensidad a través de la meditación, de la terapia, de procesos de sanación o de cualquier camino que te lleve hacia tu interior.
El tema de empezar un trabajo consciente y honesto con la sombra es que puede llegar a ser doloroso. Se hace difícil aceptar algunos aspectos de nosotros mismos, quitarnos la máscara ante el espejo y reconocer quiénes somos realmente y por qué actuamos de la manera en que lo hacemos. Parte de ello termina siendo una renuncia a la imagen mal lograda que teníamos de nosotros mismos: pasar por un duelo de nosotros. Pero, más que verlo como una renuncia, es transitar un camino en el cual decidimos integrar esa parte de nosotros, ver la sombra sin tener que escondernos, sin huir de ella, aprendiendo a tener un diálogo honesto con nosotros mismos y siendo libres de poder mostrarnos en todo lo que somos.
Y como se hace un camino difícil y algo doloroso en algunos casos, preferimos mirar a otro lado, incluso con el riesgo de seguir repitiendo esos patrones que tanto nos disgustan, luchando con el mundo de afuera a la espera de que se transforme en lo que a nosotros nos gustaría, siguiendo con la anulación de nuestras emociones o, en algunos casos, desbordándonos en emoción sin saber por qué. Seguir sosteniendo una versión de nosotros que ha caducado hace tiempo, pero que nos negamos a dejar, implica seguir perdiendo vínculos, claridad y libertad.
¿Cuánto de ti estás escondiendo y sigues evitando al costo de tu libertad? ¿Qué tan difícil ha sido para ti observar sin juicios tus pensamientos y emociones, sin intentar justificarlos o negarlos? ¿Cuántas veces has responsabilizado al otro de tus errores por miedo a perder tu perfecta máscara? ¿Reconoces tus emociones y les das un nombre o sientes que eres ajeno a ellas?
Encuentra un camino que te permita verte de manera compasiva y te ayude a transitar el sendero. El camino es hacia adentro.
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