¿Por qué prefieres el sabotaje a la palabra?

A veces nos ponemos una máscara para esconder la rabia y ni cuenta nos damos. Es esa cara de «bien portados» que nos anula por completo bajo la excusa de no querer incomodar al otro. Pero, sinceramente: cuando finges ser esa persona decente y respetuosa que prioriza el bienestar ajeno a toda costa, lo que estás haciendo en realidad es castigar. Usas la ley del hielo, el sarcasmo o esas indirectas que parecen invisibles, pero que lo erosionan todo. Es una sonrisa que, en el fondo, solo sirve para filtrar la rabia que llevas dentro.

Esto pasa, por ejemplo, cuando dejas de decir lo que necesitas esperando que el otro lo adivine. «Es que debería conocerme», dices. Y entonces usas el sarcasmo mientras sonríes, aunque por dentro sientas rabia. Eso es violencia. Es una forma de castigo que nace de tu propia incapacidad para hablar de frente. Si te dices que lo haces para no ser grosero, te estás engañando: el resultado es el mismo. No estás evitando ningún conflicto, solo estás creando un caos en el otro mientras tú te asfixias. Es una trampa donde la único que sale herid eres tú.

Pero, ¿de dónde viene este miedo a ser claros? Seguramente de cuando callarse era la única forma de estar a salvo. Acuérdate de esas veces donde evitar un grito o un golpe significaba silenciar lo que sentías. Tu válvula de escape era esa «guerrilla emocional»: soltar pedacitos de tu sentir por debajo de cuerda, con chistes o comentarios que te servían de escondite. Ahí aprendiste que decir «esto me duele» era peligroso y que el silencio era tu mejor escudo. El problema es que sigues cargando esa armadura en un tiempo donde ya nadie te está atacando. Lo que ayer te salvó, hoy te sabotea.

Reconocer que el castigo ha sido tu escudo no te hace menos; te devuelve el mando. Ese sarcasmo fue tu lenguaje de supervivencia, pero hoy, en tu vida de adulta, esa «buena conducta» solo te quita responsabilidad. Sostener lo que sientes, con toda la incomodidad y la vulnerabilidad que eso trae, es el único acto de valentía real. Es lo que permite construir un lugar seguro y no un campo minado. Si antes te castigaban por hablar, el entorno era el problema; pero si hoy eres tú quien castiga con el silencio, te estás encerrando en tu fortaleza. Una celda donde nadie entra, pero de la que tú tampoco puedes salir. Mirar esa herida de frente es el único camino para dejar de defenderte de quienes intentan amarte.


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